El Origen del Camino de Santiago: entre la leyenda y la realidad

Existe un camino antes del Camino, una ruta ancestral -iniciática y purificadora- repleta de simbología, cuya génesis se pierde en tiempos inmemoriales. Allí dio sus primeros pasos el hombre neolítico, le siguieron los celtas, romanos y visigodos recorriendo la Vía Láctea hacia Poniente, peregrinando al Finis Terrae ese “fin del mundo” donde muere el sol, dejando un legado de ritos paganos y cristianos que hoy siguen dándose la mano. La energía de los millones de peregrinos que lo han recorrido a lo largo de los siglos se percibe a cada paso.

Y luego está el Camino, el de Santiago claro, recorrido por doce siglos de historia (y el apóstol al que se venera con más de dos mil años de antigüedad) “cristianizando” a golpe de hisopo de agua bendita aquellas rutas ancestrales y paganas, un camino de sacrificio, esfuerzo y promesas transitado por santos y pecadores venidos de los reinos peninsulares y Centroeuropa. La importancia que adquirió  fue crucial para no aislarnos de Europa.  Se atribuye a Goethe la frase: “Europa nació peregrinando a Compostela y el cristianismo es su lengua materna”. ¿Cómo y por qué nació el Camino de Santiago? Su origen hay que buscarlo en la Reconquista y ese sentimiento político-religioso-propagandístico que la impulso.

La Iglesia perdía poder –religioso y territorial- frente al Islam. Por mucho que el orgullo patrio nos haga sacar pecho por la heroicidad y resistencia de Don Pelayo y Alfonso II El Casto en los valles pirenaicos y cantábricos, lo cierto es que estamos hablando de reductos periféricos, anecdóticos, que escaparon del dominio musulmán, (más por desinterés y permisión de éstos ¡les gustaba el calor del Sur! y sólo se produce alguna batalla puntual y magnificada como la de Covadonga). De este modo, se van asentando unas inestables monarquías -casi de carácter tribal- pálido relejo del antiguo reino visigodo de Toledo. Al Andalus brillaba en todo su esplendor y estos reductos visigodos eran incapaces de competir con los cristianos del sur, adaptados a la próspera cultura andalusí. Pero es innegable el espíritu que los abandera: una fe y una motivación imparables.  

Esta incipiente “monarquía” astur necesita consolidarse y un héroe motivador y referente que insufle el coraje para frenar el avance islamista. En este contexto, Beato de Liébana -autor del “bestseller medieval” Comentarios al Apocalipsis- se erige como el ideólogo fundamental en la Reconquista y principal impulsor del culto al Apóstol Santiago, calificándolo por primera vez como patrón de España (hablar del concepto “España” es aventurarse mucho en esa época) en su himno titulado “O Dei Verbum”.

El storytelling se les va un poco de las manos, es cierto,  y el currículo de Santiago se adorna con efectistas gestas. Surgen infinidad de proezas para engrandecer aún más su fama e fomentar la devoción. No olvidemos que la Reconquista es una Guerra Santa y las tropas cristianas, imparables, van al combate contra el infiel al grito “por Santiago y por España”.

Hoy en día, nuestra mirada crítica no comulga con esa imagen de “adalid militar” de Santiago “Matamoros”, y es un hecho históricamente probado que la mítica Batalla de Clavijo -donde el mismísimo Santiago irrumpió a lomos del corcel blanco, espada en mano, en el fulgor de la batalla contra los infieles sarracenos- ni siquiera existió. 

Estamos en los albores de la Reconquista, reivindicando la figura de Santiago como estandarte de la cristiandad frente a los infieles. Se necesita revitalizar el cristianismo, víctima del relajo en las normas por la expansión islámica. Necesitan una victoria, urge un milagro y el descubrimiento “providencial” de la tumba del Apóstol es la respuesta a las plegarias. Nacía el Camino de Santiago y las peregrinaciones jacobeas.  

Paio (Pelayo) era un eremita que vivía retirado del mundanal ruido, cercano a la aldea de Solovio. Cada noche observaba unas estrellas que titilaban sobre un montículo (ese “campus stellae” o campo de las estrellas que derivó en Compostela). Maravillado por el prodigio lo puso en conocimiento del obispo de Iria Flavia, Teodomiro, quien tras una rápida inspección del lugar se topó con un enterramiento. Descubren un cuerpo decapitado con la cabeza bajo el brazo, y dos esqueletos más, que rápidamente identificó con el de Santiago y sus dos discípulos Teodoro y Atanasio. Tenía que ser él.

Según la leyenda el hallazgo sucedió el año 813, sin embargo, Teodomiro no era aún obispo, si los acontecimientos sucedieron durante su episcopado, hay que situarse en la década de 820 a 830. Imprecisiones cronológicas al margen, el caso es que se informa al rey astur, Alfonso II, que rápidamente organiza un viaje desde Oviedo (es el peregrino cero y la ruta desde Asturias se denominará a partir de entonces el “Camino Primitivo”). Consciente de la trascendencia, ordena la construcción de un templo -sobre la antigua necrópolis- y anexo, el monasterio de antealtares para alojar monjes custodios. Pronto se queda pequeña. 

Europa se desangra en interminables guerras, peregrinar hasta Jerusalén o Roma, los dos grandes enclaves del culto cristiano, era una temeridad. Compostela surge como una alternativa y la peregrinación a la tumba del Santo toma un impulso imparable y se expande pronto por toda Europa. No se trataba de quemar etapas sino de  buscar respuestas, la meta no es el fin a diferencia de otras peregrinaciones como La Meca, Roma o Jerusalén (los «romeros» peregrinaban a Roma y los «palmeros» a Jerusalén, «peregrino» era un término exclusivo de la Ruta Jacobea). La afluencia de peregrinos se multiplica exponencialmente y comienza a establecerse una ruta principal con sus correspondientes etapas (Camino Francés).

Cluny –aquella abadía francesa que fabricó en serie los papas más poderosos e intransigentes del cristianismo- supervisa el Camino. Velan por la ortodoxia frente al sincretismo de los paganos (que viven en los “pagos”, en los pueblos, sin fe y sin cultura, aferrados a la superchería y ritos ancestrales). Velaban para que no te alejaras del camino, literal y figurado. Decían a los peregrinos dónde rezar, descansar…control absoluto. Paralelamente, el camino se inundó de reliquias y milagros para arrastrar a la devoción y convocar al mayor número de peregrinos. 

Hay que mirar los hechos con perspectiva, el año 1000 se acercaba apocalípticamente. El Fin del Mundo amenazaba la vida tal y como se conocía. Proliferan los beatos, libros de miniaturas (sobre el Apocalipsis de San Juan básicamente) con bestiarios que ilustraban y alertaban de lo que podía pasar, los capiteles de las iglesias se llenan de criaturas demoníacas. Una vez pasado el susto apocalíptico, había que dar gracias por la benevolencia divina. El Camino de Santiago es una enciclopedia tallada en piedra, clave para asentar su identidad.

Desde mediados del siglo IX y a lo largo del X el cristianismo fue ensanchando sus fronteras, la gente de las montañas bajó y se asentaron  por donde más tarde discurriría la Ruta Jacobea como León, Castrojeriz y Burgos. Muchas se levantaron sobre las ruinas de antiguas ciudades romanas, como es el caso de Astorga que conserva abundantes vestigios.

La repoblación de las tierras conquistadas a los árabes permite a los vecinos francos establecerse aquí (proliferan los pueblos “Villafranca de…”) y consolidar la “Ruta Francesa”, que vertebró Europa en una vía que favoreció la entrada de mercancías, tendencias y nuevos aires, configurando uno de los ejes culturales más importantes durante siglos. Puerta de los cluniacenses, la letra carolingia, la política feudal, el arte románico, y el espaldarazo definitivo de la “Reconquista Cristiana”.

Tras unos siglos de esplendor, llega el declive propiciado por la peste negra que asola Europa en el siglo XIV, las peregrinaciones se ven drásticamente disminuidas. La aparición del Protestantismo es otra piedra en el Camino de Santiago, el mismo Lutero disuade de viajar hasta la tumba «… no se sabe si allí yace Santiago o bien un perro o un caballo muerto… por eso, déjale yacer y no vaya allí…» La estocada definitiva a las peregrinaciones la dio en 1589 el corsario Drake a las órdenes de Isabel II de Inglaterra, a quien pidió que destruyera Compostela (a la que llamaba «emporio de la superstición») provocó que se escondieran y olvidasen los restos del apóstol trescientos años. Ante sus amenazas de destruir la Catedral de Compostela,  Don Juan de Sanclemente y Torquemada (arzobispo de Santiago entre 1587-1602) ocultó sus restos llevándose el secreto a la tumba.

Otra hipótesis que cobra fuerza es que se «perdieran» las reliquias providencialmente no ante la amenaza de Drake sino de la superchería y devoción exacerbada de Felipe II, quien se encontraba en pleno desarrollo de su lipsanoteca (esa especie de Museo de los Horrores que creó en el Monasterio del Escorial) 

Durante los siguientes dos siglos las peregrinaciones a Compostela son casi inexistentes y, una vez más, la tumba y su veneración caen en el olvido hasta que vuelve a aparecer la tumba en unas obras en 1879

Hubo que esperar hasta la segunda mitad del Siglo XX, cuando la peregrinación a Santiago de Compostela tuvo un despegue notable, cuya catapulta fue la visita del Papa Juan Pablo II, en el año 1982 primer pontífice que se arrodillaba ante el apóstol. En 1986 UNESCO declara Santiago Patrimonio de la Humanidad. Indiscutible también el «efecto llamada» que causó Paulo Coelho con su «Peregrino de Compostela»(1987) Es justo también reconocer la labor y el tesón por revitalizar el camino de Elías Valiña (Sarria, 1929-1989) “O Cura do Cebreiro” conocido como «Padre de la flecha amarilla» quien, ante la dejadez de las autoridades, se montó en su Citroën y con pintura que le habían donado (usada en la carretera) se dedicó a señalizar el camino con las ya míticas flechas amarillas. 

Biografía de Santiago Apóstol

Yakub, Santiago el Mayor, el Hijo del Trueno, Santiago Matamoros, Jacobo de Zebedeo, Jacob, Diago, Iago o Sant-Iago…Santiago Apóstol siempre entre la Historia y la Leyenda.

Nace en Betsaida, a orillas del llamado mar de Galilea. De profesión: pescador y Apóstol, como su hermano Juan. Faenaba en el lago Tiberíades, también conocido como lago Genaseret. Trabajaba con su padre, Zebedeoy su hermano Juan en un próspero negocio que les reportó una cierta posición privilegiada. Su madre era María Salomé (dedicada a sus labores) una de las devotas seguidoras de Cristo, presente tanto en la Crucifixión como en la Resurrección. Su identificación como la hermana de la Virgen hace que Santiago y Juan fueran posiblemente primos de Jesús de Nazaret.

En los Evangelios se le destaca como uno de los discípulos más cercanos a Cristo, junto con su hermano Juan Evangelista, a quienes el propio Jesús denominaba Boanergués, es decir, Hijos del Trueno (sobrenombre que alude al temperamento impetuoso de Zebedeo, su padre. Su “enfado” era una reacción normal al ver cómo su negocio y su familia se desintegraban al seguir sus hijos y su mujer al Mesías.

Se le denomina “El Mayor” para diferenciarlo del otro Apóstol Santiago El Menor (hijo de Alfeo) que fue primer obispo de Jerusalén y quizás hermano de Jesús, aunque la Iglesia no se pronuncia y tiende a confundir a ambos.

Formó parte de esa primera comunidad cristiana, los fieles “Doce Apóstoles”, y acompañó a Jesucristo durante su vida pública. Estuvo a su lado en momentos clave, como la resurrección de la hija de Jairo, la Transfiguración y la Oración en el Huerto de los Olivos. Autor y protagonista de algunos evangelios apócrifos rechazados en el Concilio de Nicea, aquel sínodo de obispos cristianos ejerciendo de editores/censores.

En los Hechos de los Apóstoles se le menciona en Jerusalén a la espera de Pentecostés, su estancia en la cárcel –ordenada por el Sanedrín- y finalmente, su martirio, entre los años 41 y 44. Tiene la triste proeza de ser el primer mártir de la cristiandad.

Carecemos de pruebas concluyentes del paso del Santo en Hispania, es inaudito (y revelador) el silencio de los autores de la antigüedad, pero es bien sabido que donde no llega la historia lo hace el mito. La tradición oral -y la necesidad de vincular al santo con la península- sitúan fehacientemente a Santiago predicando aquí, aunque no parece que obtuviera los resultados esperados, ya que la Virgen María se le apareció en dos ocasiones para animarle a continuar: la primera en Muxia y  sobre un pilar en Caesaraugusta (actual Zaragoza), dando origen a la advocación mariana del Pilar. Quienes han defendido su predicación en Hispania han tenido que justificar su regreso a Palestina, porque los Hechos de los Apóstoles señalan que fue decapitado en Jerusalén por orden del rey Herodes Agripa I. Quizás regresó de forma temporal para dar cuenta de la lenta marcha de su misión.***Así, como dato, decir que hay un santuario armenio (Catedral de Santiago, en Jerusalén) que se precia de contar con los restos del Santo, lo que tiene bastante  verosimilitud .

Quedaba justificar cómo los restos de Santiago -ejecutado a miles de kilómetros- aparecen aquí. De nuevo, una gran lección sobre storytelling (carente de todo fundamento) con elementos legendarios que desvirtúan la dimensión histórica del Santo. La piadosa tradición señala a los fieles discípulos de Santiago, Teodoro y Atanasio,  como los responsables de recuperar y trasladar los restos del Santo (¡en una barca de piedra que llegó a Galicia en siete días! punto a favor de los detractores) desde el Puerto de Jaffa, Jerusalén, a Iria Flavia (capital de la Gallaecia romana, actual Padrón) Allí se topan con la señora local “La Reina Lupa” poderosa noble pagana de las tierras donde pretendían enterrar a su maestro. Ante la petición de ayuda de la comitiva fúnebre, ésta ofreció una yunta de bueyes para transportar el sepulcro pero, en realidad, eran toros bravos. El santo intercede y, una vez uncidos, los toros se amansan y arrastraron el cuerpo hasta “Liberon Donum” (actual Compostela) en el que la reina Lupa, ya convertida y según la leyenda, ordenó levantar un templo (quizás, lo que realmente hizo, fue permitir enterrar el cuerpo en su mausoleo).

Le dan sepultura siguiendo el rito eclesiástico, bajo unos arcos de mármol (se le conoce como “Acaya Marmárica”, Arcas Marmáricas). Este lugar se convirtió pronto en oratorio cristiano y su fama propició que los cristianos se quisieran enterrar cerca. Posiblemente la llegada de los musulmanes (o incluso antes, con la llegada de los suevos a principios del siglo V) hizo que se cubrieran el mausoleo de tierra y maleza para ocultarlo, aunque los cristianos siguieron utilizando el cementerio para estar lo más cerca posible de Santiago.

Allí se venerarían los restos de Santiago para caer “casi” en el olvido ocho siglos hasta su providencial descubrimiento en el año 813. Comenzaba así la segunda existencia de Santiago, que le convirtió -con o sin veracidad histórica-, en uno de los dos únicos apóstoles de Cristo a cuya tumba peregrinan desde todo el mundo. 

¿Quién está enterrado realmente en la tumba de Santiago de Compostela? Historia de Prisciliano 

La de Prisciliano, obispo de Ávila, no es una leyenda sino una historia trágica y grandiosa que supera cualquier ficción. En realidad, se ha escrito tanto –y tan mal- del pobre, que no tiene una vida, tiene una novela.

En el siglo III de nuestra era (mucho antes del Tribunal de la Santa Inquisición y los autos de fe) se le sentencia y ejecuta -decapitado, como Santiago- acusado de maleficium (herejía) decisión criticada por muchos, al tratarse de un hombre piadoso y entregado al culto a Dios. Pero Prisciliano se había convertido en un problema a solucionar y se hizo de una manera burda y arrabalera.

Sus ideas populistas tenían un gran calado, en especial entre las mujeres y las clases bajas: estaba en contra del binomio de poder Iglesia-Estado, de la corrupción y enriquecimiento de la Iglesia.  Aboga por el nombramiento de «maestros» o «doctores» a laicos, incentiva la presencia de mujeres y esclavos en las ceremonias de lectura (incluyendo textos apócrifos), condena la esclavitud, apoya la posibilidad del matrimonio de los clérigos…  

En sus reuniones (frecuentemente nocturnas, en bosques y cuevas, con el baile como una parte importante de la liturgia)  sustituye la consagración del pan y vino por leche y uvas. Se le acusó de practicar rituales mágicos que incluyen danzas nocturnas,  la astrología cabalística o el «delirante pecado» de no cortarse el pelo.

La condena incluye la requisa de todas las propiedades personales de los acusados. Tras obtener -mediante tortura- una confesión del mismo Prisciliano, es decapitado junto a sus seguidores más cercanos. Todos ellos se convierten en los primeros herejes ajusticiados por una institución civil (secular) a instancias de la mayoría de los obispos católicos de Occidente -con Martín de Tours a la cabeza- que protestaron contra tal decisión, y hasta el Papa Siricio criticó duramente el proceso.  

Años después de su martirio, fieles seguidores trasladan el cuerpo a su Gallaecia natal haciendo parte de la ruta que luego sería la jacobea. Por el camino realiza varios milagros –no reconocidos por la Iglesia, claro- sumando adeptos al cortejo fúnebre. Se le entierra en lugar secreto, que por las fuentes coincide con el lugar donde se halló el Santo Apóstol. Es como la vida de Bryan. Los seguidores de Prisciliano abjuran de sus ideas y declaran «haber abandonado los errores de la secta», pero todos se acogen a la «Iura, periura, secretum prodere noli» (juramento de inviolabilidad de los secretos del grupo, aún a costa de mentir).  

Su muerte desató el fervor póstumo, arraiga especialmente en Galicia, bajo la tolerancia sueva. Esta “iglesia priscilianista” se habría mantenido más de 400 años en la clandestinidad y pudo salir a la luz (al menos el culto a su venerado mártir, “cambiando de nombre al santo”) al descubrirse la tumba de su fundador identificada providencialmente como la del Apóstol Santiago. Su veneración continuó en secreto y muchos siguieron la ruta sagrada en busca de la tumba de Prisciliano, amparados por la devoción a Santiago Apóstol.

Don Miguel de Unamuno (siempre crítico y certero) fue uno de los detractores más mediáticos al afirmar que quien realmente ocupa el sepulcro de Compostela es el obispo Prisciliano, hipótesis cada vez más avalada y popular alternativa a la tradición católica. En “Andanzas y visiones españolas” achaca a la fe ingenua creer que allí esté el cuerpo del Apóstol Santiago.

En la autenticidad de la reliquia no se entra, es un debate estéril. La presencia del Santo responde una tradición innegociable. Da igual quién estuviera enterrado en el campo de las estrellas. Es indudable que lo que se venera en Compostela es la figura (no tanto el cuerpo) de uno de los grandes apóstoles de Cristo que dio su vida por defender su fe. Y esta fe legitima el culto jacobeo, aunque siempre existirá la duda sobre la presencia de sus restos, nada del espíritu que impulsó las peregrinaciones puede enterrarse.

El Camino Interior 

Helpers Speakers ha formado parte del rodaje de «El Camino Interior», serie documental de 16 capítulos (14 de ellos Helpers) rodada íntegramente en el Camino de Santiago a las órdenes de Miguel Ángel Tobías (Acca Media) En ella han participado desinteresadamente referentes del desarrollo personal y la motivación: Mario Alonso Puig, Alejandra Vallejo Nágera, Edurne Pasabán, Bisila Bokoko, Pedro García Aguado, Quico Taronji, David Meca, Albert Bosch, Zapata Tenor, Alicia Sornosa…entre otros. La idea es que a través de sus testimonios ayuden a muchas personas a «encontrar» su camino en estos tiempos difíciles. La serie ha abierto el camino tras la pandemia, en un año importante, año Xacobeo (tras 11 años de espera) esto sucede cuando el 25 de Julio (Día de Santiago) cae en domingo. Se celebraría por primera vez en 1126 y se otorgaba “indulgencia plenaria o perdonanza” a todos los peregrinos, hecho que se produce con una frecuencia de 6-5-6-11 años. Debido a la pandemia, el Camino ha permanecido dormido durante el 2020, un año Xacobeo en blanco…o mejor dicho, en negro. Pero la Iglesia ha concedido prorrogarlo a 2021 (ya ocurrió durante la Guerra Civil) 

¡Muchas gracias y buen camino!