Esta es una historia de amor. De amor con la naturaleza y con el mundo. Nacho Dean (1980, Málaga) nació mirando al mar y creció arribando de puerto en puerto: tener un padre marino es lo que conlleva. Su casa siempre fue un pequeño museo etnográfico: máscaras africanas, cuberterías de Tailandia, bandejas de Egipto, tallas de Angola. Su personalidad se moldeó leyendo a Verne, Dumas, Jack London, Kipling y viendo “El Hombre y la Tierra” del inolvidable Félix Rodríguez de la Fuente, “La Ruta Quetzal” de Miguel de la Quadra-Salcedo y “Al Filo de lo Imposible” de Sebastián Álvaro. Soñaba con ser uno de ellos, al tiempo que alimentaba su pasión por la naturaleza de acampada con sus padres, nadando en el mar o escalando las montañas, siempre por el lado más difícil.

Sin duda, esto forjó su carácter nómada y aventurero. Recuerdo con cinco años estar nadando en el mar Cantábrico tiritando de frío sin querer salir. Soñaba con película de Hércules, impresionado con las aventuras del héroe mitológico– Madre, si quieres puedes llamarme Hércules –La semilla estaba plantada. Nacho va creciendo, cambiando cada poco tiempo de residencia, y eso te da unas herramientas para ser desprendido, y adaptarte a entornos y circunstancias que están en constante cambio. Donde más disfruta es en la montaña. La Naturaleza es libertad, salud, belleza, honestidad, sabiduría, equilibrio, refugio…verdad entre tanto ruido.

Con 21 años, empezó a no reconocerse como consecuencia de tanto cambio y un profundo desacuerdo con el mundo en que vivimos sufre una profunda crisis existencial. Mira alrededor y no entiende nada, la destrucción del planeta, las guerras, las injusticias, la corrupción, todo le duele. Toma una de las decisiones más difíciles en aquella época, se va de casa de sus padres, necesito mirar cara a cara a la vida, sin intermediarios, para saber lo que quiere. Comienza una época de cambio, de búsqueda, de transformación. Estudia Publicidad y Relaciones Públicas y un ciclo formativo de Medio Ambiente. Desempeña diferentes trabajos para pagar los estudios, tiene muchas relaciones, viaja a muchos países, practia deportes como la escalada y el snowboard, y realiza infinidad de rutas a pie como la Traspirenaica, diferentes variantes del camino de Santiago, Círculo polar Ártico en Laponia, en el desierto del Sáhara. Son años de autoconocimiento, de descubrimiento, de ver que hay muchas otras maneras de vivir. Lleva una vida cómoda, segura, llena de viajes y de acumular vivencias, pero sin un rumbo definido. Siente que la vida tiene que ser algo más. Decide salir del invernadero de su vida, siempre a la misma temperatura, resguardado.

Le gustaba tanto estar en contacto con la naturaleza que, puestos a soñar, se planteó dar la vuelta al mundo caminando. Salió a caminar para alejarse de tanto ruido. De estudiar publicidad a convertirse en un Willy Fog moderno y dar la vuelta al mundo –en algo más de ochenta días–Una media de 45 km día (un día. casi dobló) Hasta que un día, caminando por la montaña, en contacto con la naturaleza, llegando a los sitios por su propio pie: y la vuelta al mundo caminando. En vez de estar sólo unos días o unas semanas de ruta y volver a casa, ¿por qué no soñar a lo grande? una AVENTURA con mayúscula, pero no en plan “don’t worry be hippy”. Dedicaría esta expedición para la defensa del medioambiente.

Nacho es el primer español y la quinta persona en la historia en dar la vuelta al mundo caminando (ha habido más gente en la Luna) El reto -un canto a la libertad y en defensa del medio ambiente- le llevó a recorrer durante tres años (entre 2013 y 2016) 4 continentes, 31 países y 33.000 kilómetros a pie, en solitario y sin asistencia. Una decisión que le valió una nominación a los premios Discovery Awards 2014 y al Princesa de Asturias de la Concordia en 2015, en 2016 recibió la Medalla de la Ciudad de Málaga, y en 2019 recibió el Premio Talentia a la Cultura y el Deporte.

Fue un viaje sin ningún tipo de lujos, rozando la supervivencia. Durmió en los bosques de Eslovenia con osos, que estuvo frente a un rinoceronte salvaje en las junglas de Nepal, que le atracaron en Lima, o cómo le asaltaron con machetes en El Salvador… También padeció la fiebre chikunguña en el Estado mexicano de Chiapas. Incluso presenció un atentado terrorista en Bangladesh. Pasó por todo tipo de estados, pero que lo que le llevó a continuar fue saber que hacía aquello que le apasiona, que es fruto de su elección y que lo que hacía tenía una trascendencia: la conservación del planeta. No pongo mi vida en juego absurdamente, vivo apasionadamente para mostrar la belleza del mundo, demostrar que la vida es hermosa y merece la pena cuidarla”. Le gusta la búsqueda de sus límites. Somos exploradores, animales con miles de años de historia, y tenemos un enorme potencial física y mentalmente.

Le llevó meses trazar los itinerarios y rutas provisionales. Tuvo que analizar continente por continente, país por país, para evitar regiones en guerra, atravesar desiertos en los meses de verano o Asia en la temporada de lluvias monzónicas. El 21 de marzo de 2013, desde el kilómetro cero de la Puerta del Sol de Madrid iniciaba su andadura. Comenzaba una vuelta al mundo a pie, en solitario e ininterrumpidamente “sin asistencia, sin seguro médico internacional, sin patrocinadores, sin coches de apoyo, sin fisioterapeutas, sin nutricionistas ni psicólogos deportivos”, afirma. En sus primeros pasos y con la inmensidad del planeta por delante, Nacho sentía por un lado, “pasión e ilusión” porque su sueño “comenzaba a hacerse realidad”. Por otro, “mucha incertidumbre” porque “cada día sé dónde me levanto, pero no sé dónde me voy a acostar; qué personas voy a conocer o qué peligros me van a estar acechando”. Primera noche la pasa entre Pinto y Valdemoro.

Al regresar, tres años después estaba feliz y satisfecho por haber cumplido un sueño y tratando de asimilar que había terminado, inmerso en el ajetreo de entrevistas y reencuentros. Pero le costó ”volver”, le aturdía estar con mucha gente; el ruido; se había vuelto una persona silenciosa e interior, subía a un coche y se mareaba; el aire de las casas le parecía muy seco; oía un ruido a su espalda y se giraba acostumbrado a estar constantemente alerta…le costó también estar ocho horas al día sentado en una silla frente a un ordenador escribiendo su libro.

El mundo de los demás ya no era el suyo. La aventura le permitió saber cómo responder a situaciones límite, conocerse y descubrir que, pese a las adversidades, las metas siempre las ponemos nosotros mismos. Sus preocupaciones diarias de Madrid iban quedando atrás a cada paso  y perdían importancia a medida que avanzaba. El hambre, los grandes esfuerzos o estar fuera de ciertas comodidades a las que estaba acostumbrado fueron los mayores desafíos físicos.

Amor y gracias son las dos palabras que definen su viaje. Ha comprobado “cómo la inmensa mayoría de la gente es buena, más allá de las diferencias”. Países musulmanes, budistas, cristianos, hindúes: «La humanidad, las personas son el gran tesoro de mi viaje». Vivió momentos dramáticos, como el atentado terrorista de Bangladesh, la fiebre chikungunya en Chiapas o intentos de asalto con machetes. Viajar caminando es el medio de transporte más expuesto y pasó por zonas del mundo muy delicadas. Gestionar el miedo, la incertidumbre o la soledad también es difícil. 

Los paisajes que quedarán impresos para siempre en su memoria serán los cielos estrellados del desierto de Atacama y las Auroras Boreales por encima del Círculo Polar Ártico. Pese a todo esto, su ciudad favorita sigue siendo Málaga y su país, España.

Fue un viaje sin ningún tipo de lujos, rozando la supervivencia. Durmió en los bosques de Eslovenia con osos, que estuvo frente a un rinoceronte salvaje en las junglas de Nepal, que le atracaron en Lima, o cómo le asaltaron con machetes en El Salvador… También padeció la fiebre chikunguña en el Estado mexicano de Chiapas. Incluso presenció un atentado terrorista en Bangladesh. Pasó por todo tipo de estados, pero que lo que le llevó a continuar fue saber que hacía aquello que le apasiona, que es fruto de su elección y que lo que hacía tenía una trascendencia: la conservación del planeta. No pongo mi vida en juego absurdamente, vivo apasionadamente para mostrar la belleza del mundo, demostrar que la vida es hermosa y merece la pena cuidarla”. Le gusta la búsqueda de sus límites. Somos exploradores, animales con miles de años de historia, y tenemos un enorme potencial física y mentalmente.

Le llevó meses trazar los itinerarios y rutas provisionales. Tuvo que analizar continente por continente, país por país, para evitar regiones en guerra, atravesar desiertos en los meses de verano o Asia en la temporada de lluvias monzónicas. El 21 de marzo de 2013, desde el kilómetro cero de la Puerta del Sol de Madrid iniciaba su andadura. Comenzaba una vuelta al mundo a pie, en solitario e ininterrumpidamente “sin asistencia, sin seguro médico internacional, sin patrocinadores, sin coches de apoyo, sin fisioterapeutas, sin nutricionistas ni psicólogos deportivos”, afirma. En sus primeros pasos y con la inmensidad del planeta por delante, Nacho sentía por un lado, “pasión e ilusión” porque su sueño “comenzaba a hacerse realidad”. Por otro, “mucha incertidumbre” porque “cada día sé dónde me levanto, pero no sé dónde me voy a acostar; qué personas voy a conocer o qué peligros me van a estar acechando”. Primera noche la pasa entre Pinto y Valdemoro.

Al regresar, tres años después estaba feliz y satisfecho por haber cumplido un sueño y tratando de asimilar que había terminado, inmerso en el ajetreo de entrevistas y reencuentros. Pero le costó ”volver”, le aturdía estar con mucha gente; el ruido; se había vuelto una persona silenciosa e interior, subía a un coche y se mareaba; el aire de las casas le parecía muy seco; oía un ruido a su espalda y se giraba acostumbrado a estar constantemente alerta…le costó también estar ocho horas al día sentado en una silla frente a un ordenador escribiendo su libro.

El mundo de los demás ya no era el suyo. La aventura le permitió saber cómo responder a situaciones límite, conocerse y descubrir que, pese a las adversidades, las metas siempre las ponemos nosotros mismos. Sus preocupaciones diarias de Madrid iban quedando atrás a cada paso  y perdían importancia a medida que avanzaba. El hambre, los grandes esfuerzos o estar fuera de ciertas comodidades a las que estaba acostumbrado fueron los mayores desafíos físicos.

Amor y gracias son las dos palabras que definen su viaje. Ha comprobado “cómo la inmensa mayoría de la gente es buena, más allá de las diferencias”. Países musulmanes, budistas, cristianos, hindúes: «La humanidad, las personas son el gran tesoro de mi viaje». Vivió momentos dramáticos, como el atentado terrorista de Bangladesh, la fiebre chikungunya en Chiapas o intentos de asalto con machetes. Viajar caminando es el medio de transporte más expuesto y pasó por zonas del mundo muy delicadas. Gestionar el miedo, la incertidumbre o la soledad también es difícil. 

Los paisajes que quedarán impresos para siempre en su memoria serán los cielos estrellados del desierto de Atacama y las Auroras Boreales por encima del Círculo Polar Ártico. Pese a todo esto, su ciudad favorita sigue siendo Málaga y su país, España.

Durante la expedición no cogió “ningún medio de transporte”, afirma. Fue “completa y absolutamente a pie”,. Para proseguir con su aventura cruzó en avión el océano Pacífico desde Australia a Chile y el océano Atlántico desde Nueva York a Lisboa. Tras haber recorrido cuatro continentes y 33.000 kilómetros, Nacho Dean volvía al punto de partida: el kilómetro cero de la Puerta del Sol de Madrid, el 20 de marzo de 2016. Le hubiera “encantado realizar un breve recorrido” por el continente helado, pero la “falta de presupuesto” se lo impidió. Su objetivo era dar la vuelta al mundo caminando. Lo consiguió. “Que fueran cuatro o cinco continentes, era secundario”, explica.

Sigue sumando retos imposibles a su currículum como aventurero.  Tenía una deuda pendiente con los océanos y, tras más de un año de entrenamiento y 2.500 kilómetros nadando, se embarcó en la «Expedición Nemo», que le llevó a unir los 5 continentes a nado para lanzar un mensaje de conservación y amor por el medioambiente. 2018 se dio cuenta de que su aventura no había hecho más que empezar: pasó de patearse el mundo a nadarlo a través de cinco travesías. El Estrecho de Gibraltar (uniendo Europa con África), la travesía Meis-Kas (de Grecia a Turquía, Europa con Asia), de Indonesia a Papúa-Nueva Guinea (Asia con Oceanía), el Estrecho de Bering (Asia con América) y el Estrecho de Áqaba (Asia con África). Hubo momentos en los que tuvo que subirse a un helicóptero para llegar a las zonas más complicadas, como la frontera entre Asia y América, dos pequeñas islas en el estrecho de Bering, la isla Big Diomede, Rusia y Little Diomede, Estados Unidos. Aquí, él y su equipo necesitaron la autorización del consejo de sabios Inuit, “para poder visitar sus tierras”, recuerda.

Vivimos en un planeta donde más del 70% de la superficie está cubierta por agua. Escuchamos noticias sobre la contaminación por plásticos, la pérdida de biodiversidad, la subida del nivel del mar por el calentamiento global. El mar es el gran olvidado, hasta el punto en que llamamos «Tierra» a un planeta que debería llamarse «Agua“.

La vuelta al mundo a pie era un reto con un alto índice de fracaso y Nacho no era conocido, encontrar patrocinadores fue casi imposible. Lo sufragó con dinero de su bolsillo y donaciones de la gente durante el camino. Para la Expedición Nemo fue más fácil.

Conclusión: No busques los atajos siempre y disfruta del camino. Quien no sabe a dónde va, llega a dónde no quiere. Lo importante no es el destino, sino el viaje. La tortuga puede hablar del camino más que la liebre. Los pasos que no das también dejan huella. Los momentos difíciles forman parte del viaje y con la mentalidad de que después de un día malo viene un día bueno. Un viaje se mide mejor en amigos que en kilómetros. ¡Que la pasión te lleve más lejos de lo que jamás soñaste!